jueves, noviembre 25, 2004

Día Internacional contra la Violencia de Género

Desesperación

Cada mañana me asomo a la ventana a ver pasar el mundo.

Cada mañana esa ventana me recuerda que mi mundo no es el mismo que el de los demás, que a mí las horas se me van en un minuto, y que el cariño de la gente que algún día me quiso, se disipo en la neblina de la mañana que ahora observo por la ventana.

Y cada mañana me doy la vuelta evitando saber lo que me espera ese día. Y decido volver a la cama, a esconderme entre las sabanas, como si de esa manera estuviera protegida de mis pensamientos, y me sorprendo llorando en silencio porque me duele saber que estoy sola. Comienzo a prometerme cualquier deseo imposible, sólo para alentarme y salir de mi cueva, hasta que consigo despegarme del lastre que me tiene paralizada.

En ese momento comienza mi día. Aun me tengo que descubrir ante el espejo, que no miente, que me dice a gritos que mi vida se acaba, trato de engañarle de convencerle de lo contrario, de ocultar las huellas de mi piel. Le digo que aun me quedan demasiadas cosas que hacer, pero no me atrevo a gritarlo porque sé que mi voz me puede traicionar.

Y de nuevo me sumo en un llanto desesperado, que esta vez rompe el silencio de la casa, pero que más da si nadie lo escucha, si estoy sola de nuevo.

Atrapada por las lágrimas, que empañan la mayoría de mi vida, recorro las habitaciones tratando de recordar algún momento de paz o de felicidad, entre aquellas paredes. Pero cada rincón que observo, cada mancha en la pared, solo acaban por dar la razón al espejo, porque la paz que busco entre mis recuerdos, nunca vivió en esta casa.

Como si de un destierro se tratara, mi felicidad emigró a algún lugar que nunca alcanzaré, y me dejo sumida en la desesperación de contemplar mi vida, y sentir repulsión, asco, miedo, los únicos sentimientos que los años conservaron en mi alma.

Y cada mañana, cuando las lagrimas desaparecen, gastadas, cuando el espejo me ha demostrado que mi vida se esta acabando, cuando entre mis recuerdos no encuentro nada a lo que aferrarme, me prometo acabar con todo. Y cada mañana incumplo esa promesa.

Las horas siguen alejándose de mí, sin que pueda detener un poco el tiempo, para resguardarme en él, y así evitar verle atravesar la puerta destrozando un poco más mi vida.


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