Respirar aquí es diferente. El sol no me pica en los hombros, y la luz... es tan distinta.
Es bonito caminar de su mano por parques amplios, con ese verde que jamás habrá en mi Granada, que sólo puede darse aquí. Y camino feliz porque voy de su mano. Feliz porque estoy empezando poco a poco a salir de una espiral que me ataba los pies y arañaba los brazos.
Y caminando... tropiezo con mis lágrimas también. Y pienso en el sol que pica en los hombros, en esa luz tan distinta de mi Granada, y sin querer mojo mi rostro como ayer, como hoy... como todos los días. Y me sorprendo cerrando los ojos y rogando escuchar los ladridos de Zeus, y los pasos pausados de mi padre subiendo la escalera.
Y aprieto más los ojos, porque nunca es suficiente, y acabo sin escucharlos. Y me torturo porque no soy capaz de impregnarme del olor de mi madre, y porque necesito darle un beso en el cuello y hacerla reir. Y me torturo... porque no oigo la risa escandalosa de Eli y sus abrazos interminables. Y la piel se trenza de nuevo.
Y a veces me cuesta respirar porque respirar aquí es diferente. Porque el nudo del pecho no se afloja, y porque la piel me dice que la próxima vez que mis niños me encuentren, ya no me miraran igual. Y el nudo se aprieta un poco más.
Vuelvo a caminar de su mano y todo parece más facil. Parece... pero no lo es.