Todas las puertas cerradas. Y los postigos sellados para no caer en la torpeza de abrir alguno a medianoche y que nos usurpe el alma o al menos nos la tome prestada un rato.
Todas las puertas cerradas. Y los pestillos arropando el mar de calma de esta estancia, que no decae el mal por el paso del tiempo, ni la gente que vende humo a los incautos.
Todas las puertas cerradas. Y los perros sueltos ladrando a la luna, o al brillo de los charcos en las miradas, que la piel se araña con hojas de cuchillo afilado y con palabras a destiempo.
Todas las puertas cerradas. Y el quicio de la puerta que me ampara besando la madera que alguna vez nos vio reir.
